jueves, 16 de junio de 2016
Caminante eterno.
Aunque camino entre los abedules, la distancia hacia un claro es grande y esa luz se ve pequeña desde donde estoy. Camino y sigo el camino sinuoso y desparejo, atravesado por gruesas raíces y afelpado con hojas de abigarrados colores. El aroma selvático me alienta y respiro tan profundamente ensanchándome y liberándome de las viejas tensiones generadas en la lejana ciudad. Me detengo en una pequeña aldea y encuentro cobijo en una casita. Esta noche voy a tomar un baño templado, dispuesta luego a descansar. Mañana será otro día de emprendimiento con nuevas consignas para disfrutar no tanto la meta sino el camino para llegar, y al llegar, volver a partir.
domingo, 8 de noviembre de 2015
El flagrante hastío
El hastío me arrebata. Y me prgunto, donde estará el punto de inflexión donde ha aparecido tanto aburrimiento en mi vida? Quisiera que todo pase, y a la vez lo que sucede es que no pasa nada, y las cosas que pasan, no me conmueven. Nunca imaginé tal estado en mi vida.
martes, 15 de septiembre de 2015
Silencio ( Clarice Lispector )
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Silencio
Por Clarice Lispector
Es tan vasto el silencio de la noche en la montaña. Y tan despoblado.
En vano uno intenta trabajar para no oírlo, pensar rápidamente para
disimularlo. O inventar un programa, frágil punto que mal nos une al súbitamente
improbable día de mañana. Cómo superar esa paz que nos acecha. Silencio tan
grande que la desesperación tiene vergüenza. Montañas tan altas que la
desesperación tiene vergüenza. Los oídos se afilan, la cabeza se inclina, el
cuerpo todo escucha: ningún rumor. Ningún gallo. Cómo estar al alcance de esa
profunda meditación del silencio. De ese silencio sin memoria de palabras. Si
es muerte, cómo alcanzarla.
Es un silencio que no duerme: es insomne; inmóvil, pero insomne; y sin fantasmas. Es terrible: sin ningún fantasma. Inútil querer probarlo con la posibilidad de una puerta que se abra crujiendo, de una cortina que se abra y diga algo. Está vacío y sin promesas. Si por lo menos se escuchara al viento. El viento es ira, la ira es vida. O nieve. La nieve es muda pero deja rastro, lo emblanquece todo, los niños ríen, los pasos resuenan y dejan huella. Hay una continuidad que es la vida. Pero este silencio no deja señales. No se puede hablar del silencio como se habla de la nieve. No se puede decir a nadie como se diría de la nieve: ¿oíste el silencio de esta noche? El que lo escuchó, no lo dice. La noche desciende con las pequeñas alegrías de quien enciende lámparas, con el cansancio que tanto justifica el día. Los niños de Berna se duermen, se cierran las últimas puertas. Las calles brillan en las piedras del suelo y brillan ya vacías. Y al final se apagan las luces más distantes. Pero este primer silencio todavía no es el silencio. Que espere, pues las hojas de los árboles todavía se acomodarán mejor, algún paso tardío tal vez se oiga con esperanza por las escaleras. Pero hay un momento en que del cuerpo descansado se eleva el espíritu atento, y de la tierra, la luna alta. Entonces él, el silencio, aparece. El corazón late al reconocerlo. Se puede pensar rápidamente en el día que pasó. O en los amigos que pasaron y para siempre se perdieron. Pero es inútil huir: el silencio está ahí. Aun el sufrimiento peor, el de la amistad perdida, es sólo fuga. Pues si al principio el silencio parece aguardar una respuesta -cómo ardemos por ser llamados a responder-, pronto se descubre que de ti nada exige, quizás tan sólo tu silencio. Cuántas horas se pierden en la oscuridad suponiendo que el silencio te juzga, como esperamos en vano ser juzgados por Dios. Surgen las justificaciones, trágicas justificaciones forzadas, humildes disculpas hasta la indignidad. Tan suave es para el ser humano mostrar al fin su indignidad y ser perdonado con la justificación de que es un ser humano humillado de nacimiento. Hasta que se descubre que él ni siquiera quiere su indignidad. Él es el silencio. Puede intentar engañársele, también. Se deja caer como por casualidad el libro de cabecera en el suelo. Pero, horror, el libro cae dentro del silencio y se pierde en la muda y quieta vorágine de éste. ¿Y si un pájaro enloquecido cantara? Esperanza inútil. El canto apenas atravesaría como una leve flauta el silencio. Entonces, si se tiene valor, no se lucha más. Se entra en él, se va con él, nosotros los únicos fantasmas de una noche en Berna. Que entre. Que no espere el resto de la oscuridad delante de él, sólo él mismo. Será como si estuviéramos en un navío tan descomunalmente grande que ignoráramos estar en un navío. Y éste navegara tan largamente que ignoráramos que nos estamos moviendo. Más de eso, nadie puede. Vivir en la orla de la muerte y de las estrellas es una vibración más tensa de lo que las venas pueden soportar. No hay, siquiera, un hijo de astro y de mujer como intermediario piadoso. El corazón tiene que presentarse frente a la nada sólito y sólito latir alto en las tinieblas. Sólo se escucha en los oídos el propio corazón. Cuando éste se presenta completamente desnudo, no es comunicación, es sumisión. Además, nosotros no fuimos hechos sino para el pequeño silencio. Si no se tiene valor, que no se entre. Que se espere el resto de la oscuridad frente al silencio, sólo los pies mojados por la espuma de algo que se expande dentro de nosotros. Que se espere. Un insoluble por otro. Uno al lado del otro, dos cosas que no se ven en la oscuridad. Que se espere. No el fin del silencio, sino la ayuda bendita de un tercer elemento, la luz de la aurora. Después, nunca más se olvida. Es inútil intentar huir a otra ciudad. Porque cuando menos se lo espera, se puede reconocerlo de repente. Al atravesar la calle en medio de las bocinas de los autos. Entre una carcajada fantasmagórica y otra. Después de una palabra dicha. A veces, en el mismo corazón de la palabra. Los oídos se asombran, la mirada se desvanece: helo ahí. Y desde entonces, él es fantasma. |
domingo, 23 de agosto de 2015
Vendaval y resurrección.
De repente, como un vendaval en medio de la nada, los pensamientos irrumpían con delicado filo en la pantalla frontal interna de Magnolia. Era una frecuente secuencia de reacciones en cadena que tenían como protagonistas a personas que, de manera silente, la habían afectado en los últimos cinco años. Por otro lado, la mejor profesora de música de la ciudad provinciana donde vivió su niñez, aquella dulce señorita que le enseñaba piano por aquellos lares y en aquel entonces, se casaba y se mudaba al sur del país, con su flamante esposo. Entonces Magnolia dejó de tocar el piano para siempre, añorando las superlativas clases de antaño. Esa pasión por el teclado quedó apresada en unas falanges largas y esbeltas. El tiempo pasó. Casi cuarenta años. Y por algún campo magnético ectópico en un mundo donde los electrones van y vienen con el avance de la tecnología a pasos agigantados, la pasión por el teclado resurgió en Magnolia. Pero no con el piano, sino con el invento que cambió la vida de la humanidad : el teclado de un ordenador conectado a internet. Y cuando el campo de electrones cambiaba de vector, Magnolia se despachaba con palabras violentas y enojadas contra alguien que le hinchara los gobelinos imaginarios. Pero las consecuencias negativas de su vigor sobre ese teclado, no tenían sentido alguno. Entonces, después de reflexiones, terapeutas, traspaso de olas gigantes, oraciones a los santos, y por decisión propia, echó a todos esos nefastos personajes del lóbulo frontal, y sin desdeñarlos, los quitó de su círculo de contactos. Magnolia se liberó. Ya no teme a nada. Ya no se atormenta por miradas o palabras necias de ese sórdido ambiente al que solo acude por obligación y sustento. Magnolia salió de las estructuras. Quiere parecerse a la Maga de Julio, quiere vivir como si cada segundo fuera el último día, plenamente desprendida de los abominables golpes de la tediosa rutina. Amén.
sábado, 22 de agosto de 2015
viernes, 14 de agosto de 2015
Compraventa insensata.
“Cante Cristo el Redentor, gima Judas el vendedor y ruborícese el judío, el comprador. Judas efectuó una venta y el judío una compra. Hicieron un mal negocio, ambos sufrieron pérdidas y se perdieron a sí mismos, tanto el vendedor como el comprador. Quisieron comprar, ¡cuánto mejor les hubiera sido ser rescatados! Judas vendió, el judío compró. ¡Desdichado contrato! Ni el primero tiene el precio, ni el segundo a Cristo. A uno le digo: « ¿Dónde está lo que recibiste?», y al otro: « ¿Dónde está lo que compraste?» A aquél le digo: «Tu venta fue un defraudarte a ti mismo» ¡Salta de gozo, cristiano, tú saliste vencedor del contrato entre tus enemigos! Tú adquiriste lo que uno vendió y el otro compró.”
(San Agustín - Del Sermón 336, 4)
Siempre existe un traidor vendedor, un interesado comprador, y quien queda como objeto de compraventa, se beneficia, libre a corto plazo, a diferencia de los dos primeros, que se gratifican en lo erróneo y sórdido.
domingo, 9 de agosto de 2015
Relationship

https://interlitq.wordpress.com/2015/08/09/la-comparacion-entre-pederastia-y-violacion-de-los-limites-en-la-relacion-entre-terapeuta-y-paciente-no-es-exagerada/
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