domingo, 25 de septiembre de 2016

Volver a las Bases



Desasosegada por la culminación de un ciclo de hospital y carrera profesional que se ha expresado hace rato en mi alma, sintiendo yo un profundo pesar cuando a desgano debo asistir a esa rutina básica informe y aburrida, Desearía acomodar mi escritorio interno para que los papeles entren y encajen, Pero no doy pié con bola. Cómo se decide dejar de hacer algo que en la confusa adolescencia, se eligió como sustento para toda la vida. A tan temprana edad se elige lo que en teoría se va a querer hacer durante toda la vida. Una falacia. En verdad. Un error irreparable que no pareció posible en aquel momento. Porque la vida pasa y las ganas se van. Siempre lo mismo en el mismo horario. No depende del entorno. No depende de las personas. Depende de lo que se siente cada día, del creciente deseo de libertad coartada por la organización que aplasta el alma humana. Y yo me animo a decirlo, a escribirlo. Ya me animaré a decir : -hasta acá he llegado. En fin. Volver a las bases, a la familia, al terruño, al verde y al aire libre, finalmente libre. Es mi inmenso deseo. Claro.

Libro del Desasosiego ( Fragmento ).

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"Encaro serenamente, sin nada más que lo que en el alma represente una sonrisa, el encerrárseme siempre la vida en esta Calle de los Doradores, en esta oficina, en esta atmósfera de esta gente. Tener lo que me dé para comer y beber, y donde vivir, y el poco espacio libre en el tiempo para soñar, escribir -dormir-, ¿qué más puedo yo pedir a los Dioses o esperar del Destino?
He tenido grandes ambiciones y sueños dilatados -pero también los tuvo el cargador o la modistilla, porque sueños los tiene todo el mundo: lo que nos diferencia es la fuerza de conseguir o el destino de conseguirse con nosotros.
En sueños, soy igual al cargador y a la modistilla. Sólo me diferencia de ellos el saber escribir. Sí, es un acto, una realidad mía que me diferencia de ellos. En el alma, soy su igual.
Bien sé que hay islas del Sur y grandes amores cosmopolitas y (...)
Si yo tuviese el mundo en la mano, lo cambiaría, estoy seguro, por un billete para [la] Calle de los Doradores.
Tal vez mi destino sea eternamente ser contable, y la poesía o la literatura una mariposa que, parándoseme en la cabeza, me torne tanto más ridículo cuanto mayor sea su propia belleza.
Sentiré añoranzas de Moreira, ¿pero qué son las añoranzas ante las grandes ascensiones?
Sé bien que el día que sea contable de la casa Vasques y C. será uno de los grandes días de mi vida. Lo sé con una anticipación amarga e irónica, pero lo sé con la ventaja intelectual de la certidumbre."

sábado, 24 de septiembre de 2016

Confesiones de Primavera


Una fracción de tiempo ha pasado desde el último encuentro. Logré ver un conjunto seriado de hechos que antaño no alcanzaba a comprender. En complicidad con el letargo y el aislamiento, que no son buenos compañeros en cuadros de depresión intermitente, e inmersa en la elaboración de estudios y trabajos científicos para aportar algo bueno a la humanidad, me olvidé del mundo y de la humanidad de la que formo parte. Había llegado entonces el momento de pedir ayuda. Varias disciplinas me abrazaron, entre ellas, la psi, yoga, el deporte acuático, entre otras, hasta que al despertar desde un rincón de fría y triste soledad, surgió en mi mente una sabia conclusión, que está documentada y avalada por la evidencia en el marco de lo humano como ser social: en grupo todo es mejor, como en un gran bosque, y con amigos, se eleva a la enésima potencia. Y como dice aquella canción de Moris llamada "El Oso" ......vuelvo al bosque, estoy contento de verdad.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Mente en blanco




Algunas veces la mente impresiona estar en blanco, pero en verdad, en el preciso instante en que el escribiente discurre por las teclas para plasmar letras en la pantalla, la mente está generando ideas y pensamientos. Pero se siente en blanco. De donde vendrá esa descripción de un supuesto estado de la mente? Una mente en blanco es una mente muerta. De modo que si hay vida humana, la mente en actividad se expresa aunque se sienta como un cúmulo de neblina en la tierra más remota.

jueves, 16 de junio de 2016

Caminante eterno.

Aunque camino entre los abedules, la distancia hacia un claro es grande y esa luz se ve pequeña desde donde estoy. Camino y sigo el camino sinuoso y desparejo, atravesado por gruesas raíces y afelpado con hojas de abigarrados colores. El aroma selvático me alienta y respiro tan profundamente ensanchándome y liberándome de las viejas tensiones generadas en la lejana ciudad. Me detengo en una pequeña aldea y encuentro cobijo en una casita. Esta noche voy a tomar un baño templado, dispuesta luego a descansar. Mañana será otro día de emprendimiento con nuevas consignas para disfrutar no tanto la meta sino el camino para llegar, y al llegar, volver a partir.

domingo, 8 de noviembre de 2015

El flagrante hastío

El hastío me arrebata. Y me prgunto, donde estará el punto de inflexión donde ha aparecido tanto aburrimiento en mi vida? Quisiera que todo pase, y a la vez lo que sucede es que no pasa nada, y las cosas que pasan, no me conmueven. Nunca imaginé tal estado en mi vida.

martes, 15 de septiembre de 2015

Silencio ( Clarice Lispector )

Silencio  



Por Clarice Lispector
Es tan vasto el silencio de la noche en la montaña. Y tan despoblado. En vano uno intenta trabajar para no oírlo, pensar rápidamente para disimularlo. O inventar un programa, frágil punto que mal nos une al súbitamente improbable día de mañana. Cómo superar esa paz que nos acecha. Silencio tan grande que la desesperación tiene vergüenza. Montañas tan altas que la desesperación tiene vergüenza. Los oídos se afilan, la cabeza se inclina, el cuerpo todo escucha: ningún rumor. Ningún gallo. Cómo estar al alcance de esa profunda meditación del silencio. De ese silencio sin memoria de palabras. Si es muerte, cómo alcanzarla.
Es un silencio que no duerme: es insomne; inmóvil, pero insomne; y sin fantasmas. Es terrible: sin ningún fantasma. Inútil querer probarlo con la posibilidad de una puerta que se abra crujiendo, de una cortina que se abra y diga algo. Está vacío y sin promesas. Si por lo menos se escuchara al viento. El viento es ira, la ira es vida. O nieve. La nieve es muda pero deja rastro, lo emblanquece todo, los niños ríen, los pasos resuenan y dejan huella. Hay una continuidad que es la vida. Pero este silencio no deja señales. No se puede hablar del silencio como se habla de la nieve. No se puede decir a nadie como se diría de la nieve: ¿oíste el silencio de esta noche? El que lo escuchó, no lo dice.
La noche desciende con las pequeñas alegrías de quien enciende lámparas, con el cansancio que tanto justifica el día. Los niños de Berna se duermen, se cierran las últimas puertas. Las calles brillan en las piedras del suelo y brillan ya vacías. Y al final se apagan las luces más distantes.
Pero este primer silencio todavía no es el silencio. Que espere, pues las hojas de los árboles todavía se acomodarán mejor, algún paso tardío tal vez se oiga con esperanza por las escaleras.
Pero hay un momento en que del cuerpo descansado se eleva el espíritu atento, y de la tierra, la luna alta. Entonces él, el silencio, aparece.
El corazón late al reconocerlo.
Se puede pensar rápidamente en el día que pasó. O en los amigos que pasaron y para siempre se perdieron. Pero es inútil huir: el silencio está ahí. Aun el sufrimiento peor, el de la amistad perdida, es sólo fuga. Pues si al principio el silencio parece aguardar una respuesta -cómo ardemos por ser llamados a responder-, pronto se descubre que de ti nada exige, quizás tan sólo tu silencio. Cuántas horas se pierden en la oscuridad suponiendo que el silencio te juzga, como esperamos en vano ser juzgados por Dios. Surgen las justificaciones, trágicas justificaciones forzadas, humildes disculpas hasta la indignidad. Tan suave es para el ser humano mostrar al fin su indignidad y ser perdonado con la justificación de que es un ser humano humillado de nacimiento.
Hasta que se descubre que él ni siquiera quiere su indignidad. Él es el silencio.
Puede intentar engañársele, también. Se deja caer como por casualidad el libro de cabecera en el suelo. Pero, horror, el libro cae dentro del silencio y se pierde en la muda y quieta vorágine de éste. ¿Y si un pájaro enloquecido cantara? Esperanza inútil. El canto apenas atravesaría como una leve flauta el silencio.
Entonces, si se tiene valor, no se lucha más. Se entra en él, se va con él, nosotros los únicos fantasmas de una noche en Berna. Que entre. Que no espere el resto de la oscuridad delante de él, sólo él mismo. Será como si estuviéramos en un navío tan descomunalmente grande que ignoráramos estar en un navío. Y éste navegara tan largamente que ignoráramos que nos estamos moviendo. Más de eso, nadie puede. Vivir en la orla de la muerte y de las estrellas es una vibración más tensa de lo que las venas pueden soportar. No hay, siquiera, un hijo de astro y de mujer como intermediario piadoso. El corazón tiene que presentarse frente a la nada sólito y sólito latir alto en las tinieblas. Sólo se escucha en los oídos el propio corazón. Cuando éste se presenta completamente desnudo, no es comunicación, es sumisión. Además, nosotros no fuimos hechos sino para el pequeño silencio.
Si no se tiene valor, que no se entre. Que se espere el resto de la oscuridad frente al silencio, sólo los pies mojados por la espuma de algo que se expande dentro de nosotros. Que se espere. Un insoluble por otro. Uno al lado del otro, dos cosas que no se ven en la oscuridad. Que se espere. No el fin del silencio, sino la ayuda bendita de un tercer elemento, la luz de la aurora.
Después, nunca más se olvida. Es inútil intentar huir a otra ciudad. Porque cuando menos se lo espera, se puede reconocerlo de repente. Al atravesar la calle en medio de las bocinas de los autos. Entre una carcajada fantasmagórica y otra. Después de una palabra dicha. A veces, en el mismo corazón de la palabra. Los oídos se asombran, la mirada se desvanece: helo ahí. Y desde entonces, él es fantasma.